De la serie “Escritoras” (10)

Antoinette Deshoulières, quien sólo hasta sus últimos seis años de vida recibirá una merecida pensión por sus servicios a las letras y la Corona, y cuyas odas, elegías y baladas serán publicadas de forma completa sólo después de su muerte, aprenderá también muy tardíamente los goces verdaderos del matrimonio, una vez sobrevividas pruebas casi inhumanas que experimentarán pocas mujeres letradas de la época.

Aún pasado su momento de mayor esplendor en la corte, que durará aproximadamente de siete años, se hablará siempre con curiosidad y especulación sobre su papel en la expedición flamenca, en la que figurará siendo casi una niña. Separada dos años continuos de su marido, el teniente coronel, se enamorará de él después de una febril relación epistolar y dejará la comodidad del hogar de sus padres para unirse con él en la dura vida del soldado. En las tiendas de campaña y las forzadas marchas de la expedición, la belleza núbil de Antoinette Deshoulières desatará la pasión en los corazones de varios príncipes brigadieres.

Siendo el teniente coronel tomado como rehén en un campamento enemigo, la joven esposa, en ese entonces ya célebre por su lírica, elogiará a la misma Reina en idilios y baladas, buscando su favor para el pronto pago del rescate. Su habilidad en el arte de las adulaciones le ganará varios enemigos en la corte, quienes le imputarán crímenes falsos y conseguirán el encierro de Antoinette Deshoulières en una torre fronteriza. El teniente coronel, quien para entonces ya habrá podido sortear la vigilancia del enemigo flamenco, se hará de un pequeño ejército mercenario y tomará dicha torre fronteriza, liberando a su mujer. La expedición flamenca terminará, los ánimos se calmarán en la corte y, por su valentía, la pareja ganará el indulto real y podrá regresar a casa. Sólo después de este inesperado final feliz encontrará Antoinette Deshoulières, ya adulta, placer en las caricias de su marido, y dedicará el resto de su vida, en general feliz e interesante, a la escritura, los estudios académicos, los eternamente renovados placeres de la corte, y al seguimiento minucioso de las acaloradas reyertas entre los dramaturgos célebres de su siglo.

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