Minúscula novela rusa

Este cuento fue publicado en la revista Cultura Urbana en 2009.

Esto sucedió en la buena época, antes de que nuestra Madrecita Rusia cayera en desgracia. Mi padre era mujik y servía a la princesa Larisa Fiodorovna Ouspenskaya. Desde el terrible reinado de Iván, nuestra familia había sido sierva de los Ouspenski. Nunca fueron demasiado malos con nosotros. En la época de Catarina, la Ouspenskaya incluso mandó instalar una escuelita para que ahí aprendieran a leer y escribir los niños de sus mujiks.

Larisa Fiodorovna carecía de los lánguidos encantos de una heroína de Pushkin. Tenía más bien la apariencia de estatua –ojos redondos y penetrantes, rostro ovalado y estático- de los temibles iconos de Andrei Rubliov. Las nobles de su época escribían sus triviales diarios en francés, llamaban Pierre a sus maridos en vez de Piotr, y usaban pelucas que las hacían semejarse a sus perritos falderos. En cambio, la Ouspenskaya se mantenía reservada, digna y virginal como un ermitaño.

Su padre, Fiodor Hipolítovich, tenía fama de ser el príncipe más acaudalado de este lado del Neva. Había encabezado un par de muy exitosas campañas en el ahora ducado de Lituania, y su simpatía e ingenio en las soirées, aunados a un físico nada despreciable, en algún momento había ganado los favores de alguna Emperatriz regente y de dos archiduquesas aburridas. Su triunfal paso por las estepas y las alcobas había permitido al príncipe heredar a su única hija una fortuna considerable, que bien le hubieran permitido vivir de acuerdo a su rango.

Pero los designios del Señor son inexplicables. Y sus criaturas, aún más extrañas. Pues Larisa, al verse huérfana, heredera y rica, no siguió ese interminable camino de visitas y charadas que esperaban a una dama de esa posición. Su salón de baile, verde de malaquita resplandeciente, jamás reflejaría los hábiles pasos de mazurca de los nietos del general Potiomkin. Y el frío corazón de Larisa jamás buscaría solaz en las aventuras y desdichas de Las relaciones peligrosas o Manon Lescaut, libros tan recomendados en su tiempo por su prima la princesa Volkonskaya.

Por el contrario, la Ouspenskaya mandó aniquilar, con letales cubetazos de agua tibia, todos los rosales y arbustos del versallesco jardín tan querido por su padre. No se volvieron a ver jardineros en la residencia de verano. Despidió también a todas las mucamas que la atendían en su casa de San Petersburgo, por lo que las estatuas griegas que tenía en su vestíbulo se bañaron de gris y sus muebles se enterraron en polvo. Aunada a esta ausencia de Olgas y Mariushkas que le prepararan el té o le tendieran la cama, Larisa Fiorovna también prescindió de sus cocheros (se los regaló a su prima la Volkonskaya, quien al final sólo mantuvo a su lado al más bonito de los tres) y desde ese momento, Larisa se transportó por medio de un viejo mulo, que según mi padre recuerda, se llamaba Dimitri.

Helaría la sangre el destino de la vieja María Ivanovna, quien durante 38 años se había encargado de deleitar los estómagos de los Ouspenski, preparándoles exquisitos pasteles de caviar y decadentes sopas de salmón. Fue despedida sin más por la mano impasible de Larisa Fiodorovna. A continuación, la princesa, privada de la gastronomía que había hecho envidiar a más de un cocinero de zar, se alimentó de caldos de lentejas preparados por sí misma. El sabor de los caldos acentúo su rictus y redujo el umbral de placer de su antes mimado paladar.

Mi padre y los demás mujiks fueron las únicas posesiones a las cuales la Ouspenskaya no renunció ni descuidó. Ellos siguieron comiendo patatas todos los días, sus botas de piel siguieron resguardándolos del frío suelo durante las mañanas de febrero, y permanecieron por siempre arando las tierras que rodeaban lo que quedaba de Varykino, la mansión veraniega de los Ouspenski. Algunas mañanas,  detenían sus labores y se quitaban el sombrero, al ver pasar a la princesa Larisa, con sus tristes ojos redondos como sobresaltados, a duras penas sosteniéndose de las greñas del mulo, quizá viniendo del mercado de baratijas o del usurero, engalanando con un sencillo vestido negro su soledad. No era raro que alguna de mis tías o incluso mi madre, se inclinara y besara el frío piso, una vez que la Ouspenskaya hubiera respondido, con un leve gesto aristocrático, el saludo.

Cuando murió la Ouspenskaya, justo cuando Bonaparte avanzaba contra la nación, se descubrió que la fortuna de su padre había permanecido intacta desde el día que la dejó huérfana. “¡Es una santa!”, solían decir mi padre y los demás mujiks.

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3 respuestas a Minúscula novela rusa

  1. CL dijo:

    Magnifico Texto! Saludos!

  2. Berenicebau dijo:

    -Muy bien si este año no leo una novela rusa ya leí tu cuento. Sólo me queda la duda de si en Rusia comen lentejas y si les dicen así.

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